sábado, 4 de julio de 2026

Observando el Planeta Rojo con mi pequeña



Siempre me gustó investigar sobre los planetas y el espacio. Era como un llamado lejano, una curiosidad que no podía apagarse ni con los años ni con las rutinas.

Ya a finales de los años 90 Habian anunciado un acercamiento cercano y visible de Marte a la Tierra, aquella madrugada en San Juan de Marcona, el cielo guardaba un secreto. Eran las cinco de la mañana cuando Marte, el planeta rojo, se acercaba lo suficiente a la Tierra como para hacerse sentir, como si quisiera recordarnos que no estamos solos en la inmensidad.

Me levanté temprano, y en mis brazos llevaba a mi hija Kathia, que apenas tenía dos años. La abrigue con una casaca rosada para protegerla del frío del desierto costero de Marcona y sali junto a ver ella para apreciar el espectaculo. Quizás ella no lo recuerde, pero yo jamás lo olvidaré.

Frente a nosotros, en la penumbra, se levantaba el horizonte con un resplandor extraño. Marte brillaba como un farol antiguo suspendido en el espacio, una esfera roja que parecía palpitar con vida propia. Emitía una luz tenue pero firme, como un latido que alcanzaba la Tierra desde millones de kilómetros.

Me quedé inmóvil, con Kathia recostada sobre mi hombro con sus caracteristicas trensitas,. Ella miraba el cielo con esos ojos grandes de niña que apenas despertaban a la vida. No sé si entendió todo lo que yo le explicaba y si recordaria lo que estábamos viendo, pero sé que, en ese instante, compartimos algo que iba más allá de las palabras: un recuerdo sembrado entre las estrellas.

Marte se fue apagando poco a poco con el amanecer, pero la imagen quedó grabada en mí. Nunca lo olvido, porque fue como si el universo entero nos hubiera regalado un momento íntimo, un puente entre la inmensidad del cosmos y el calor sencillo de un padre abrazando a su hija.


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